Viva Belgrado en La Riviera
 

 

En su primera visita a la mítica sala madrileña, como parte del Inverfest, demostraron que son uno de los puntales de la escena alternativa nacional

 

Nunca es tarde si la dicha es buena. Lo que a otras bandas con mayor apoyo les llega casi sin esfuerzo, a este cuarteto cordobés le ha tomado una década y cuatro discos de larga duración.

Es quizá injusto que el alcance de la banda no esté a la altura de la calidad que atesoran sus componentes y que han demostrado en todas y cada una de sus grabaciones.

Su actitud reivindicativa, fruto de su inclinación hacia los aspectos sociales y su particular mezcolanza de estilos musicales, que viajan del hard core al post rock, pasando por el shoegaze o el spoken word, no los convierte en una propuesta para todos los públicos. A pesar de ello y de que ya son una banda importante, su techo está, sin duda, mucho más alto de donde todavía se encuentran.

De su última obra, Cancionero de los cielos, hemos hablado sobradamente aquí, destacándolo como uno de los discos importantes del mes en el momento de su lanzamiento e, incluso, del año, en la revisión del 2024 que hemos hecho conjuntamente con nuestros lectores.

Con todo ese bagaje se presentaron el pasado viernes 24 de enero, por fin, en el Paseo de Virgen del Puerto de Madrid, en un recinto que no les hizo la justicia merecida. Si bien debemos reconocer que hace bastante tiempo que el viejo templo musical ha mejorado de forma notable sus condiciones acústicas, dejando atrás los horrores del pasado, también es necesario advertir de un cambio en los últimos meses: el equipo técnico ha decido eliminar parte de los PA’s (los altavoces, para que nos entendamos) afectando al volumen de la sala.

La consecuencia es que ciertos conciertos se escuchan sin la suficiente potencia más allá de las primeras filas, lugar donde disfrutamos de la breve pero magnífica actuación de otro grupo que no hace sino crecer: Bum Motion Club.

 

Bum Motin Club La Riviera

 

Sus directos son cada vez más potentes y su sonido es rotundo y definido. La mezcla de las texturas de sus guitarras, la prominencia de la línea de bajo y sus teclados se traduce en la oscuridad más cartesiana del pospunk. Suenan como las bandas anglosajonas más representativas del género.

Apenas media hora después, con puntualidad británica, saltaban al escenario los cordobeses y ahí, ubicados en posiciones más centradas de la sala, comprobamos que el sonido era nítido, perfecto, pero excesivamente lejano.

No tuvieron que calibrar en exceso: ‘Vernissage’, de ese Cancionero que ayer interpretaron casi al completo, ya demostró que tocan fino y no necesitan calentar. Pero, poco a poco, se notaban las diferencias de respuesta del público presente, que llenaba la sala sin llegar a completar el aforo.

Vivíamos dentro de una realidad dual en la que la mitad más cercana al escenario no paraba de cantar y bailar al son de ‘Chéjov y las gaviotas’, ‘Gemini’ y ‘Jupiter and Beyond the infinite’, en la que contaron con la colaboración del rapero Erik Urano.

Sin embargo, un poco más atrás, la gente disfrutaba pero la escucha exigía mayor concentración, pese a que hacia el ecuador del recital, más o menos con ‘Ranchera de la Mina’ y ‘El Cristo de los faroles’, la subida de volumen, aun siendo insuficiente, era notable.

La intensidad que ponía el conjunto no llegaba a todos los rincones y en algunas zonas era difícil conectar, lo que generaba cierta frustración.

A pesar de la barrera, el grupo era capaz de transmitir la tristeza y el dolor que emana de sus letras, expresadas con contagiosa energía y sincera indignación. Porque lo suyo no es melancolía, ni angustia; es rabia canalizada en forma de tonadas.

Cándido Gálvez, vocalista y letrista, transitaba entre el grito, la narración y el canto melódico de forma natural, sin artificios ni alharacas. Y sus espléndidos compañeros le acompañaron perfectamente acompasados en el camino.

En la recta final atacaron ‘Un tragaluz’, iniciado con un karaoke masivo en el gran momento de comunión con el foro, ‘El gran danés’ y ‘¿Qué hay detrás de la ventana?’, con la que cerraron noventa minutos de actuación centrados en la música, detrás de una cuarta pared que solo rompieron al finalizar el concierto.

Confiemos en que vuelvan pronto y podamos escucharlos al volumen que merecen para que la fuerza de su propuesta conecte plenamente con nosotros. Porque más allá, de una ejecución musical impecable, sus mensajes, en estos tiempos tenebrosos, son más necesarios que nunca.

 

 

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Y.H.

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