St. Vincent ofreció un concierto apabullante en La Riviera, tocando todos los estilos con una energía tan contagiosa como inagotable
Su nombre real es Anne Erin “Annie” Clark, oriunda de Oklahoma, un estado que, en el imaginario europeo, nos cuesta relacionar con arte y vanguardia. Bajo el pseudónimo de St. Vincent, esta norteamericana lleva casi dos décadas experimentando y regalando canciones que mezclan estilos y ritmos imposibles.
Este cronista llegó tarde a ella pero purgó su pecado el año pasado durante su deslumbrante actuación en la edición madrileña del Primavera Sound. Afortunadamente, la espera ha sido corta para volver a disfrutar de la experiencia de asistir a un espectáculo cautivador, fascinante y desconcertante. Porque uno no sabe si ha asistido a un evento cultural o ha vivido una maravillosa alucinación.
St. Vincent publicó el pasado mes de abril su séptimo disco de estudio, en el que ha contado con colaboraciones ilustres como la del mismísimo Dave Ghrol a las baquetas, y en el que hace gala, una vez más, de su virtuosismo multinstrumental. Un trabajo más oscuro, fruto de la inspiración proveniente de las pinturas negras de Goya, cuyo influjo ha ido más allá, impulsando a la artista a regrabarlo completamente en castellano. Los anticipos que nos ha servido, por cierto, invitan a pensar en un esfuerzo tan loable como innecesario.
Esta vez, St. Vincent ofreció una doble cita en Madrid: el domingo en La Riviera y el lunes en el Museo del Prado, donde presentó un evento especial con canciones interpretadas en español.
Nosotros acudimos a la primera de ellas, en la legendaria sala madrileña, donde disfrutamos de un programa doble, puesto que la encargada de la apertura era la cantante británica Anna B. Savage.
Autora de dos discos deliciosos, A Common Turn -2021- e in|FLUX -2023-, sus canciones son evocadoras y profundas; cada melodía, una metáfora de un estado de ánimo. Subió al escenario del recinto rivereño en solitario, tan solo acompañada de su guitarra hasta que, en la tercera tonada, apretó el botón de reproducir pistas grabadas.

Tal y como hiciera Miles Kane en su gira europea, siguió cantando y tocando sobre esas bases en un ejercicio que produce la misma emoción que acercarte al escenario de una feria.
Algo radicalmente distinto a lo que nos ofreció después St. Vincent, quien aparecía delante de nosotros con 20 minutos de retraso para atacar, con voz desgarradora, la emotiva ‘Reckless’, el segundo corte de All Born Screaming.
En directo, St. Vincent transforma la canción en un poema musical, como si fuera un grito al borde de un acantilado durante una tormenta. Notas que se recitan al borde del llanto con la compañía del piano hasta que el cielo descarga su furia y la banda su electricidad. El quiebro vocal da paso a los a los riffs nerviosos y ella salta y se agacha a su compás.
La tristeza deviene en rabia y la energía se libera en proceso continuo que define la música y las actuaciones de una intérprete y compositora singular; porque ella transita por todos los estadios emocionales y los estilos musicales de una forma natural y orgánica.
Una artista, además, que debió sobreponerse a un inicio accidentado en el que un problema técnico arruinó un efecto impactante: su fantasmagórica aparición al ejecutar las primeras notas de ‘Reckless’. Pronto nos dimos cuenta de los vanos esfuerzos vocales puesto que, incomprensiblemente, todos los micros estaban apagados.
La buena de Annie y su banda, no obstante, sintieron la comprensión y el apoyo de una audiencia mientras los técnicos se afanaban en recuperar el audio. Salieron de escena, volvieron y ofrecieron un concierto sensacional, sin mácula, con un sonido nítido.
Con buen criterio, dejó las versiones en nuestro idioma para la actuación en la pinacoteca. En La Riviera solo ofreció algunas pinceladas, algunos versos y parte de su alocución al público, más esforzada que efectiva, aunque lejos del exceso de Eddie Vedder en el pasado Mad Cool.
Continuó con ‘Fear The Future’ y ‘Los Ageless’, temas de su quinto álbum, MASSEDUCTION, que alcanzó el Top 10 del Billboard y la llevó a jugar en una nueva liga. En vivo, estos temas sonaban más eléctricos y potentes.
St. Vincent es una reconocida virtuosa de la guitarra y de ello hace gala en cada actuación, en fondo y forma. Pero en todo ello juega un papel crucial su guitarrista de apoyo: Jason Falkner es ya un veterano y reputado intérprete con una extensa carrera propia como músico y productor, en cuyo currículum de colaboraciones aparecen nombres como Paul McCartney, Noel Gallagher, Aimee Man, Daniel Johnston y muchos más. Es, además, uno de los acompañantes habituales de Beck desde hace décadas.
Su compenetración con St. Vincent es total, participando de todos los bailes y juegos que Clark propone sobre las tablas. En los duelos guitarreros de ‘Flea´y ‘Broken Man’ saltaban las chispas en cada riff.
Pero en un show de tal calibre hay espacio para momento más íntimos, como en las interpretaciones de ‘Hell is Near’ y ‘Candy Darling’. También el erotismo tiene su hueco, con canciones como ‘Big Time Is Nothing’, de ritmo funk, o ‘Violent Times’, que podría formar parte de la banda sonora de una película de Bond.
Tampoco renunció a una dosis de mesianismo, surfeando sobre el público al ritmo de ‘New York’, antes de regresar a la escena y, para sorpresa de todos, entregar su guitarra a alguien de la primera fila.

Annie Clark es una fuerza imparable sobre las tablas, pero con la suficiente generosidad para dar espacio a sus acompañantes, una parte esencial del show. Actúan con el compromiso propio de un conjunto y no parecen la banda de apoyo a una solista. Así lo pudimos ver en ese solo de batería a cargo de Mark Giuliana en ‘Cheerleader’ o, de nuevo, en los provocativos intercambios musicales con su bajista, Charlotte Kemp.
Un recital que se sintió, en definitiva, como un recorrido por la casa encantada de un parque de atracciones donde cada habitación ofrecía una sorpresa distinta. Y entre las subidas de adrenalina de canciones como ‘Digital Witness’ y las pausas de otras como ‘Candy Darling’, el tiempo volaba.
Algunos espacios resumían ese viaje emocional. Así, abrimos una puerta y allí se interpretaba ‘All Born Screaming’, una prolongada mezcla de pasajes eléctricos y electrónicos, pausados y acelerados, que cerró el set principal tras 100 minutos eclécticos y electrizantes.
Anne Erin solo regresó para una acústica versión a piano de ‘Somebody Like Me’. La fiera se disfrazó de hada del bosque para ofrecernos una interpretación sensible y delicada con la que despedirnos. Quizá no fue el cierre perfecto para ese domingo porque siempre nos quedará el deseo de más St. Vincent.
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Y.H.
Redacción