Buenos Vampiros Entre Sombras

Entre Sombras (2025)

El mordisco de la melancolía

 

Es un cuarteto que emerge desde las entrañas de la argentina ciudad de Mar de Plata y, al observar su estética e iconografía gótica, es inevitable ubicarlos dentro del pospunk más oscuro, antes, incluso, de posar la aguja sobre el vinilo. En su estilo, lo fusionan con noise y posrock, aunque, en realidad, priorizan la electricidad sobre las etiquetas.

Su nombre, Buenos Vampiros, y el título de este tercer largo que ahora publican, Entre Sombras, parece solo una vuelta de tuerca más tras Paranormal (2019) y Destruya! (2021), trabajo que el dirigido azar de las plataformas digitales trajo hasta mis oídos.

Cuando el disco comienza a girar y los altavoces rompen el silencio de la noche, el cuerpo se estremece recogiendo el gélido abrazo de un habitante de las tinieblas. Puede parecer una metáfora trillada dentro del género, pero es inevitable al enfrentarse a una obra que, desde el punto de vista lírico, es un canto nihilista que describe un vacío existencial.

Su propuesta evoca los primeros 80, especialmente en la potente línea de bajo, con ecos de la new wave. Nada sorprendente, más allá del género, cuando uno lee la documentación y descubre que, entre las colaboraciones, está nada menos que la histórica reina del punk español, Ana Curra (Parálisis Permanente y, además, Pegamoide).

Pero su sonido es afilado y actual, con guitarras que se entrelazan en capas, aplicando el ‘guitar weaving’ del que tanto habla Keith Richards, hasta conformar una atmósfera con la densidad del osmio.

Las letras exploran sentimientos de soledad, desarraigo, incomunicación y la nostalgia de lo que fuimos y vivimos. Las voces modulan versos que desgranan un juego ambiguo: no sabemos si son llamadas de auxilio de alguien que ya no quiere estar solo o los hechizantes cantos de una sirena.

La temática sobrenatural está presente en todo momento, desde el primero de los once cortes, ‘La calma del cementerio’; la celebración de un amor tortuoso, tenebroso y eterno envuelta en una niebla de guitarras que marcan el tono del conjunto.

«es un canto nihilista que describe un vacío existencial»

Sin embargo, ‘Puedo ver el mar en tus ojos’ es un oasis de nostálgica luz que mezcla añoranza con la esperanza del amor en una pieza cuya épica es un amago de desvío de la canónica línea sombría que traza el álbum. Un pequeño respiro que ofrece una vía de escape de una atmósfera opresiva.

El ritmo se acelera en ‘Tengo frío’, en la que transforman la desesperación por un amor irrecuperable en una exaltación sonora, una emoción que se repite en ‘Caminamos’. El homenaje que enjuga el duelo por la muerte de alguien querido en ‘Canción para Rufina’ deja entrever definitivamente la influencia de The Cure.

A ellos inevitablemente los asociamos al escuchar canciones como ‘No tengo idea’, que refleja la angustia de la falta de pertenencia y el aislamiento del entorno; ‘Una vez más’, con el bajo de Luana Giobellina toma el papel solista antes de que las guitarras de Ignacio Perrota e Irina Tuna (que también se alternan en la guitarra principal) comiencen una feroz batalla para desahogar la crisis de identidad que padece el narrador. Finalmente, ‘Desorbitado’ desafía nuestra lineal concepción del tiempo, moviéndose por los 80 y los 90 mientras nos transmite la angustia inexorable de una relación que se termina.

Y llegamos al final con ‘Déjenme solo”, cierre en forma de medio tiempo que culmina con la aceptación del omnipresente aislamiento, que ahora se muestra como el único refugio ante el vacío y la desesperanza.

La madurez compositiva e interpretativa que ofrece Entre Sombras ofrece el apoyo perfecto sobre el que asaltar la escena europea y demuestra que ha llegado la hora de dejarnos morder por unos vampiros que no harán sino dejarnos inocular su enérgica melancolía.

 

 

 

 

 

Y.H.

Y.H.

Redacción

El Perfil de la Tostada