La banda de Robert Smith enseñó su lado más sombrío y denso en un concierto dirigido al núcleo duro de sus fans. Más allá de estar en plena forma, demostró su plena vigencia

Termina de desperezarse este agosto de 2002. Los islandeses y electrónicos Gus Gus han decidido cancelar su actuación en este festival aduciendo la complejidad de su escenografía y el quinteto que les precedía en el complejo entramado horario del FIB se ha ofrecido a extender la suya duplicándola, echándole un cable a la Organización y solventando un segundo problema: cómo una banda acostumbrada a shows de larga duración para dar cabida a un repertorio caracterizado por el largo minutaje de sus canciones podría encajar las suficientes en los sesenta minutos previstos inicialmente.

La madrugada inicia su apogeo cuando los británicos The Cure asoman por el escenario y ofrecen un concierto a la medida de su  líder, Robert Smith, y no demasiado afín a una buena parte del público presente frente a aquel Escenario Verde, a los que les cuesta reconocer parte de las canciones que suenan. Al final la actuación resulta, sin embargo, una de las mejores de esta edición pese a que compiten con uno de los mejores carteles de la historia del festival.

Nada más y nada menos que veinte años más tarde, menos de la mitad de su longeva carrera, el grupo se encuentra en los albores de lanzar el que será su decimocuarto trabajo, en lo que está siendo una espera tan larga como cualquiera de sus conciertos en esta gira para aquellos que solo quieran escuchar sus canciones más alegres y conocidas.

El ‘Songs of the lost world Tour’ se adelanta finalmente a su homónima versión de estudio y el grupo sale a la carretera presentando, literalmente, parte de las nuevas canciones que sonarán en el disco, y el repertorio de temas que las acompañan, pese a que la banda sigue su fiel costumbre de cambiarlo cada noche, se adecúa al tono lóbrego y homogéneamente tenebroso que, por lo que sabemos, impera en el mismo.

El retraso de tan esperado álbum no supone un problema para unos tipos que llevan girando más de diez años sin defender novedad de larga duración alguna.

Este viernes 11 de noviembre quiere ponerse a tono y la lluvia hace acto de aparición en la noche madrileña a la par que los escoceses The Twilight Sad, los habituales compañeros de cartel escogidos por el Sr. Smith para calentar motores, salen al escenario y derrochan energía para sorprender gratamente a más de uno entre aquellos que ya pueblan la mitad de la pista del Wizink con su post rock de conexiones célticas.

Por fin, llega la hora señalada y, con exquisita puntualidad, el grupo va saliendo al escenario, Robert el último de todos, cuando los timbales de Jason Cooper atacan la primera de las novedades, la sobrecogedora ‘Alone’, resuenan y batallan con los teclados y cuerdas de sus compañeros de aventuras.

Aprovechando la larga introducción instrumental, lentamente, pasea sobre todo el escenario y se toma su tiempo para saludar y reencontrarse con su público, que abarrota el recinto. Hace tiempo que las entradas ya están solo disponibles en el mercado de segunda mano y la emoción se palpaba en el exterior en las horas previas, en las que las numerosas sonrisas vestidas de negro iban llenando los bares de los alrededores de forma progresiva.

Continúan con ‘Pictures of you’, que nos emociona como siempre, en la que el bajo poderoso de Gallup toma el recinto y él recorre las tablas con la espalda ligeramente encorvada y esa expresión grave, de ardor estomacal; para aquellos aficionados al fútbol, la misma con la que el mítico Figo recorría los terrenos de juego.

Tras los pertinentes aplausos y silbidos llega la primera sorpresa de una noche cuyo tono se asemeja cada vez más a aquella con la que hemos abierto esta crónica, la melancólica ‘Closedown’,  que da paso al romanticismo de ‘A night like this’, en la que Gavrels alardea de su técnica por primera vez, y ‘Lovesong’ (esta canción todavía significa mucho, nos dice Robert) que anteceden a otra de sus flamantes canciones, de inquietante título, ‘And nothing is forever’.

El sr. Smith lleva una flauta a sus labios y le da un aire tribal al comienzo de una canción que ya se está convirtiendo en un clásico de sus directos: ‘Burn’, que enciende al público antes de tomarse un respiro con esa ‘At Night’ de ritmo cocinado a fuego lento, y la delicada ‘A fragile thing’ que conocemos hoy.

No son los teclados ni la introducción de siempre, pero el público reconoce enseguida la aparición de esa Charlotte que, a veces llora, a veces construye un muro alrededor, siempre con amor, y lo celebra antes de ponerse a saltar al ritmo de ‘Push’, que eleva el ambiente, manteniéndolo en todo lo alto con ‘Play for today’, ‘Want’ y la furiosa ‘Shake dog shake’ antes de que una espectacular ‘The edge of the deep green sea’, acaso el epítome del sonido que más se identifica con The Cure, seguida de otra novedad, la épica, densa y estremecedora ‘Endsong’, nos dejen con el corazón encogido, dando fin a la primera parte del concierto, tras una intensa hora y media.

Pero ellos saben que no es momento aún para la despedida y abren la primera tanda de bises con la última novedad de la noche, ‘I can never say goodbye’, escrita y dedicada con el emocionado recuerdo de Robert a su hermano perdido, seguida de ‘Cold’, ‘Faith’ y ese emblema envuelto en pátina de fantasía y magia llamado ‘A forest’, que suena atronadora, con Gallup sobresaliendo en su batalla final con Smith.

Hace mucho que los de Crawley no defraudan y ellos también quieren divertirse. Fiel a su costumbre de los últimos años, todavía nos espera una última y larga tanda de bises llena de canciones más luminosas con esos hits más accesibles para las cadenas de radio.

La audiencia lo intuye al ver que, tras atacar una semiacústica versión del arranque de ‘The Blood’, las arañas de la canción de cuna más siniestra de la historia recorren la tela digital que ilumina el fondo del escenario, lo ven venir con el ritmo acelerado de ‘The walk’ y, por fin, podemos cantar y corear ‘Friday I’m love’ en un auténtico viernes.

‘Doing the unstuck’ y ‘Close to me’, con Robert bailando una vez más, dejan paso a esa eterna triada que nos pone a todos a saltar: ‘In between days’, ‘Just like heaven’ y ‘Boys don’t cry’, que cierra la noche pese a nuestros vanos intentos por alargarla.

Robert nos dice que espera volver a vernos y se despide muy lentamente de nosotros a la par que nos agradece de forma sincera el cariño demostrado antes de desaparecer. Pero somos nosotros los que estamos agradecidos por todo lo que nos han dado esta noche y durante más de 40 años.

The Cure habitan en lo más profundo de las sombras, rodeados de una extraña, magnética y adictiva oscuridad luminosa que se materializa en canciones de enorme belleza cargadas de melancolía, nostalgia, tristeza, alegría, optimismo que ellos saben sublimar con maestría y, afortunadamente, con bastante frecuencia, salen al exterior a compartirlas con nosotros.

El pasado viernes se presentaron en Madrid como un sexteto tras el regreso de Perry Bamonte a los teclados y guitarra, lo que da mayor amplitud y riqueza a la gama sonora si bien el sonido, excelente en todo momento durante las 2 horas y 45 minutos de recital, no alcanzara la suprema perfección de ocasiones pretéritas. Se mostraron en plenitud de forma, incluida la voz de Robert Smith, pese a un micro algo subido de reverb, por la que no parece que pasen los años y ofrecieron un concierto impecable, también desde la parte visual, aprovechando parte de la escenografía mostrada en otras actuaciones en los últimos años, de eficacia probada.

Apostaron por un repertorio muy oscuro y denso, pero vibrante, muy cercano a la esencia de la banda, a sus fans más acérrimos y probablemente no tanto a algunos críticos, acompañantes o curiosos que se acercaron solo para escuchar esas últimas canciones del set.

Esos seres de negro que poblaban los aledaños del recinto desde horas antes y compraron las entradas con muchos meses de antelación, disfrutaron el concierto de principio a fin y serán los primeros de nuevo en el momento que Roberto y los suyos decidan visitarnos de nuevo.

Yago Hernández

Yago Hernández

Redacción