El dúo catalán y la banda argentina ofrecieron dos grandes conciertos donde el público volvió a engalanar un Parque Enrique Tierno Galván al que definitivamente echa mucho de menos

Ya hemos recalcado en otras y ocasiones, y más tras la última edición del festival Tomavistas, la importancia y magia que aporta el paraje que nos ofrece el Parque Enrique Tierno Galván como recinto para nuestro festival madrileño favorito.

En esta ocasión, enmarcado dentro del ciclo de conciertos Tomavistas Extra, la trascendencia del enclave volvió a reafirmar nuestra idea, sustentada eso sí en la notable selección de grupos para la ocasión. El combo más solvente de esta edición, que aunaba a un veterano grupo de culto y a un más que posible candidato a ese rango en un futuro no muy lejano.

Cuando hablo de grupo de culto, en ningún caso quisiera que pudiera resultar elitista o distinguido, más bien lo contrario, bandas que con su propio sello e identidad han conseguido crear un universo propio donde cabe una masa sustancial de seguidores capaces de sustentar sus carreras y seguirles en directo allá donde vayan.

Y este es uno de los rasgos característicos de Calavento, que con su tercer –y ya lejano- tercer disco alcanzaron el hito de publicarlo con su propio sello. Un recorrido meteórico desde la creación de dúo en 2015, forjado a base de picar piedra en directo, sobre todo en salas, y de un sonido y letras diferencial.

Con este curriculum los del Ampurdán, se plantaron en Madrid ante su –amplio- ejercito de fieles que no dejaron de cantar, bailar y saltar cada una de las canciones de Joan y Aleix. Arrancando con su último trabajo y temas como ‘Un buen año’ o ‘La comunidad’, pasando por Fruto panorama (2017) y sus ‘Historias de bufanda’ o su particular y acertada versión de ‘Del montón de Sr. Chinarro.

La combinación especial de este power dúo se aprecia en cada uno de sus cortes, donde el proceso musical para integrarse incluso de manera democrática en la ejecución de sus directos, compartiendo protagonismo y responsabilidad a partes iguales.

Visitaron su primer y homónimo disco, con la pegadiza ‘Isabella Cantó’ o la ruidosa –todas la son- ‘Estoy enamorado de ti’, antes de encarar un final de concierto frenético donde tuvieron cabida canciones de cada una de sus etapas. Un ejercicio de variedad de matices, dentro de un estilo que manejan a la perfección, y que exhibieron con la melódica ‘Un buen año’, la afilada ‘Isla desierta’, la conmovedora ‘Abril’ para finalizar con la coreable ‘Teletecho’.

Tras ellos, y con el sol cayendo sobre el precioso paisaje que atesora el parque madrileño, se subían al escenario El mató a un policía motorizado. La banda argentina, con una estructura de pop-rock más clásico, aunque solo en cuanto a formación, se ha convertido en la última década en la referencia de la música alternativa argentina a este lado del charco, encabezando una generación a la que se han ido sumando bandas como Las ligas menores, Bestia Bebé o 107 faunos.

Con un estilo único melódica y líricamente hablando, se han hecho hueco entre el público español que les ha recibido con los brazos abiertos en la gira que les está llevando por una decena de ciudades españolas durante este verano. Con casi dos décadas de recorrido a sus espaldas, y unos cuantos discos en su haber, a nadie se le escapa que su último disco de estudio puro, La síntesis O´Konor (2017) les encumbró definitivamente, marcando además un hito en su sonido, mucho más impregnado de sintetizadores y atmósferas embriagadoras, que en directos como el de ayer, danzan y se entremezclan con el sonido más arcaico de guitarras y ritmos de garaje.

Con un repertorio que fue de menos a más, inaugurándose con temas como ‘El magnetismo’ o ‘La cobra’ de su anterior trabajo La dinastía Scorpio (2017), que fueron dejando espacio para los primeros momentos especiales gracias a ‘La noche eterna’ o ‘Las luces’.

La noche había caído definitivamente sobre el parque, y el juego de luces, humo y el sonido delicado pero atronador de los argentinos, hacían del momento un coctel perfecto que el respetable no dejó de disfrutar. En una mezcla perfecta entre festival, concierto de sala, aire libre y el paladeo de un concierto al que la gente había venido a escuchar.

Todo ello sumado a un sonido notable que ayudó a transportarnos a través de hipnóticas canciones como ‘Destrucción’, la siempre nostálgica y coreada ‘Más o menos bien’, para desembocar en un primer conato de cierre a manos de la preciosista y excelsa ‘El tesoro’, la maravillosa y simple ‘Yoni B’ o la excelsa a la par que catártica ‘El mundo extraño’

Gracias a un lenguaje propio y distintivo, cumpliendo con los cánones anteriormente descritos para Cala Vento, El mató te traslada a la emotividad de su creación planeta propio a base de un mensaje personal y al mismo tiempo universal, la fórmula perfecta en esto de la música popular.

Así siguió encaró su recital la recta final tras los bises, saldando la cuenta con ‘Fuego’, ‘Chica de oro’ (Jenny, jennyyyy) y la aparición estelar –planetaria- del idolatrado Jota para despedir la velada definitivamente con el sonido más alternativo de ‘Mi próximo movimiento’.

Amor, nostalgia y rock para un Tomavistas de regreso a casa.

 

Iñaki Molinos

Iñaki Molinos

Redacción

Fotos Low Festival

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