Hola  Todo El Mundo presentó su nuevo disco «Away» en Madrid

Texto: Marta España

El ciclo de Pop&Dance de Intromusica acogió, el viernes 15 de abril, algo que distaba mucho de ambos términos. No fue un concierto de baile, ni de música pop en el sentido pervertido de la palabra, pero sí podría decirse que popular, ya que, por excesos o por defectos, todas las temáticas, las melodías y los silencios, fueron relativos a cada uno de los asistentes.

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Foto: Javier García Nieto

Persons fueron los primeros en salir, con la puntualidad de una banda inglesa y la sonrisa de tocar en su propia tierra. Realmente, la tierra y las raíces son aspectos fundamentales en la música del grupo de San Lorenzo del Escorial. El espíritu africano que desentrañaba cada canción, la percusión desenfrenada y el sentido rítmico del bajo nos sumergían en un mundo que se alejaba bastante de lo eléctrico del resto de los componentes. En una antítesis eterna de ciudad y campo, como ellos mismos afirman en sus Edificios y Montañas, el concierto discurre entre lo natural de unas maracas y lo artificial de un teclado que inundaba la sala por encima de sus posibilidades. Como una versión popular de Olivier Messiaen y una versión española de Toy, presentaron su Sierra Maestra (I*M Records, 2016) con absoluta franqueza. Sin embargo, tantos elementos son difícilmente audibles en los cuarenta minutos que nos brindaron, y, en un concierto, es fundamental que todo sume, porque de lo contrario es prescindible. Una percusión alejada del micrófono, unos coros mal coordinados o unas voces por debajo del resto de líneas (y, en ocasiones, fuera de tono) pudieron alejarnos de aquel venerado campo y acercarnos a la disarmonía de la capital.

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Sin embargo, veinte minutos más tarde llegó el plato fuerte de la noche, que bastante se asemejaba a Persons en cuanto a antigüedad, instrumentación, componentes de la banda e importancia del sentido rítmico. Como el poema de Walt Whitman del que tomaron su nombre, Hola a todo el mundo nos instaba a quedarnos con esa atmósfera tan individualista y, a la vez, tan colectiva. Implícitamente, nos abrieron los brazos y nos gritaron “bienvenidos”, cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de aquel sonido tan propio de Away (Mushroom Pillow, 2016), alejado de Ultraviolet Catastrophe por tres años. Así nos lo hizo saber Ari cuando, pasadas tres canciones, nos habló con la sinceridad de un desconocido: “hace muchísimo tiempo que no nos subimos a un escenario, esperemos que no se note demasiado”. Lo sentimos, Ari, sí se notaba. No obstante, con Away, HATEM se ha consagrado en un estilo de brillantez nostálgica que encuentra su belleza en lo simple y lo espontáneo, parecido a una fiesta de Is Tropical, o un concierto de We Have Band, pero con un componente fatídico. Así lo defendieron en Future Graves o Turn Out the Lights, su primer single, cuando el público coreaba con fervor el sentido de lo desventurado.

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Por muy contradictorio que parezca, Away es un disco que acerca y estrecha, y más aún con la virginidad de una primera presentación en directo: las canciones que aún están en la niñez se intercalaron con aquellas famosas veteranas, como A Movement Between these Two o Hatem Prayer Team, de su disco homónimo. En la Joy se hizo patente que aquellos van a ser sus himnos por excelencia, los que deban llevar el peso de los demás, pero tras tocar las diez canciones del nuevo disco (la mayor parte, desconocidas por los asistentes) no observamos ni un ápice de nostalgia por el estilo anterior. Y es que, en un espectáculo musical, son fundamentales dos elementos. El primero ya lo he mencionado: que cada elemento sume. El minimalismo armónico, la segunda voz de Ana perfectamente enlazada, la sencillez rítmica en contraposición con su importancia y lo minucioso de cada línea melódica hacen del directo un ínfimo paisaje auditivo. El segundo elemento importante es que el directo sea visualmente bonito. Y La casita de Wendy (http://www.lacasitadewendy.com/) ha realizado, en este sentido, un trabajo espléndido, con un vestuario uniformado basado en Emily Dickinson que evoca la portada del último disco de la banda.

Con Número Nadie (una de las pocas canciones en castellano que tocaron anoche) se despedía el ahora quinteto madrileño. “Soy el fantasma que nunca se queda”, festejaban, y con esa oposición entre lo melancólico y lo risueño, desaparecieron.

Muchos críticos se empeñan en decir que HATEM no parecen de este país. En mi opinión, el viernes pasado, HATEM demostraron que quizás no sean de este mundo.