Llevo tiempo conteniendo las ganas irrefrenables de escribir un post sobre Amaia Montero y creo que estas fechas tan especiales, llenas de cariño y amor, son el mejor momento para dedicar unas palabras a esta señorita.
No quiero cargar contra ella y personificar el bochorno que uno siente cuando escucha su single «Caminando por la vida» pero, cierto es, que uno es dueño de sus actos y si el acto en sí ha sido poner su nombre en este trabajo, ¡qué demonios!, vamos a por ella.
Alguien me comentó a finales del mes de septiembre con cara de asombro: «¿has escuchado la última canción de Amaia Montero? «, yo respondí que no, pero por su cara sólo había dos caminos posibles; el primero era que la canción era de tanta calidad, innovadora, creativa y estaba tan bien interpretada que daba un giro completo a la concepción que el interlocutor tenía sobre la «artista» y que entonces debía coger rápidamente mi teléfono y buscar desesperadamente esta magna obra maestra. Como es obvio, este no fue el motivo de la recomendación.
Sólo me hicieron falta 10 segundos para darme cuenta de que la historia de la música, las musas, la experiencia y todo lo que ha podido vivir la señorita Amaia no le ha servido para nada y ha tenido las santas narices de mostrar al mundo una canción que comienza con un : «Caminando por la vida me encontré con tu mirada», una cita que creo que podemos encontrar en el decálogo de «frases recurrentes para composición infantil», y eso no es todo… por favor, volved a leer la frase y decidme si habéis tenido que coger aire a mitad de ella, porque aún no entiendo porqué la «cantante» ¡¡necesita coger aire casi cuatro veces en menos de 15 segundos!!, ¡¡es tremendo!!, y todo ello acompañado de unas «colas» al final de la frase que son como un quejido debido a algún dolor escrotal.
Menos mal que el estribillo viene a salvarnos dado que es aún mejor: «caminando por la vida cantaré por el camino»… ummm… perdonadme Amaia pero no sé si voy a poder aguantar tanta emoción literaria.
Luego le han debido de decir algo como «Amaia, ahora lo que lo peta es meter un acordeón, como el de los «The Wanted», » ¡pues venga!, ¡ala, que no se diga que no soy moderna!»
Y para rematar la faena un buen «…perder jamás el ruuuuummmboooooooo» bien gritado y desafinadito, de esos que dices «¡¡ahí queda eso!!».
Todo esto lo aderezamos con una buena promoción: unas fotos apretadita, metida en cuero, ¡y ya tenemos un éxito asegurado!.
Ya podía haber optado por recrear otro de sus temas llamado «la bahía del silencio» aunque dejara a la humanidad sin tamaño logro.
Creo sinceramente que «La oreja de Van Gogh» ha ganado con la marcha de Amaia. El carácter apático y déspota de la amiga, que se deja entrever en el documental «La historia de un disco» grabado por la banda allá por 2003, era una losa demasiado pesada de aguantar para ellos.
No entiendo el éxito de esta chica: ni su música, ni sus letras aportan nada… espero que únicamente sea un rédito arrastrado por su pasado. Me da lástima que alguien gaste su dinero en la promoción y lanzamiento de un trabajo como éste con el talento sin mostrar que hay en este país.
¡Madre mía! si Tino Casal, por ejemplo, levantase la cabeza…