Ayer 23 de Julio del año 2011 falleció en su casa londinense la cantante de soul Amy Winehouse. Los motivos de su muerte, dejando a un lado lo puramente físico, son los que han sufrido muchos otros. Pequeños seres tocados por la varita de la virtuosidad que luchan contra su destino de ser iconos a imitar, seguidos por masas, para dejarse a aquellos placeres terrenales que poco a poco van desmembrando el cuerpo hasta destrozarles el alma.
No hace mucho, no más de seis meses, descubrí que el gran Jimmy Hendrix murió a la edad de 27 años. Me paré a pensar en la cantidad de referencias que tenía hacia Jimmy, su mítica actuación en el festival de Woodstock en el 69, sus temas clásicos, su practicidad tocando la guitarra, a la que hacía hablar punteando mientras cantaba, y no me imaginaba como se podía crear una leyenda tan grande en tan poco tiempo.
Entonces comencé a investigar y me encontré con otros muchos mitos que murieron a esa edad: Jim Morrison, Kurt Cobain, Brian Jones y ahora Amy Winehouse.
¿Realmente merece la pena vivir tan rápido? No voy a entrar en la valoración de este aspecto ya que cada vida es tan complicada que necesitaría un estudio profundo de su situación.
Lo que me da mucha pena y el motivo de escribir este «post obituario» es que desde la primera vez que escuché a Amy, me encantó el tono quejoso de su voz, como vino envejecido en barrica de roble. Sus giros vocales y la cadencia que arrastraba, te hacía quedarte enganchado en sus temas. Lo tenía todo para haber sido una cantante tan respetada y admirada como los más grandes de los grandes y todo fue tirado poco a poco por la borda según iba aumentado su popularidad y su dinero.
¿Y ahora? El resultado es que hemos perdido una gran voz, que nunca llegará a poder entrar en el «hall of fame» porque su tren no paró en las paradas obligadas para ello y lo que nos quedará y recordaremos al paso de los años serán un par de buenas canciones y un maquillaje forzado rematado con un peinado «moñesco» que imitar en carnavales.
DEP